«El doctor no está…» -Texto de humor

El «ocultismo», si así pude llamarse, es uno más entre los males que nos aquejan. Y no aludimos a la ciencia de lo misterioso, sino a la odiosa costumbre, lamentablemente tan extendida como el nuevo hábito de hacer «planteamientos», de negarse, de no atender a nadie, de pretextar ausencias u ocupaciones imaginarias, para escurrir el bulto y dejar a las personas interesadas con cinco palmos de narices.
-Señorita, preguntará cualquiera de estas personas ¿el doctor está?
-Un momentico, voy a ver, dice ella, aparentando ignorar si su patrón se halla o no en el cuarto contiguo.
A los diez minutos de espera, vuelve al aparato y pregunta:
-Que de parte de quién.
-Dígale, por favor señorita, que es de parte del señor Galíndez, a quien pidió la otra noche en un coctel los datos sobre la inseminación artificial en los animales de circo, en que está interesado.
La joven desaparece, dejando la línea en un silencio de acuario. Por fin vuelve a escucharse su mandona vocecilla:
-No, el doctor no está,
-¿Y a qué horas llegará señorita?
-Imposible saberlo. Ni que fuera adivina.
-¿Tampoco sabe dónde encontrarlo?
-No, Y si lo supiera, tampoco se lo diría, porque no es cosa de ir a interrumpirlo.
-¿Estará en su casa, enfermo tal vez?
-Absolutamente. El doctor cuida mucho su talón de Aquiles.
-Entonces…
-Entonces es mejor que cuelgue y vuelva a llamar de hoy en diez días. ¡Ah, no! Para esa fecha tiene aquí anotada una junta directiva de la Sociedad Catártica de los Enemigos de lo Ajeno. -Tendrá que ser, pues… déjeme ver… si… no… el 18 de diciembre.
-Pero señorita, si este es un asunto urgente y sobre todo de interés para el doctor.
-Raro, porque él jamás me lo ha mencionado.
-Y porqué había de mencionárselo? ¿Qué puede usted, obtusa mecanógrafa, tener que ver con los adelantos científicos en materia tan fecunda como la inseminación artificial?
-Pues mucho, para que lo sepa. Soy enemiga declarada de tan insípido método.
-Mejor dejemos eso, señorita. ¿Podré o no podré hablar con el doctor?
-No. Nunca. Y menos ahora que me ha caído usted tan gordo como debe haberles caído a los animales de circo.
-Bocinazo final.
Se ha cumplido una de esas rutinarias actuaciones de cualquier figurón de oficina pública o empresa particular de dividendos gordos. No hay que recibir a nadie, todo el mundo es entrometido, la señorita debidamente entrenada e incondicional se encargará de cuanto individuo pretenda invadir el sanctórum del eternamente invisible personaje, quien a la noche llegará a su hogar al borde de un ataque lipotímico de tanto sacar crucigramas, tomar tinto y charlar verduras con sus amigotes. ¡La dolce Vita!

Alfonso Castillo Gómez.

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