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Consultorios sentimentales

Seguramente está de más advertir que una de nuestras secciones favoritas en diarios y revistas es aquella destinada a absolver las consultas que, principalmente sobre achaques conyugales y amoríos, mandan las personas afectadas. Obsérvese que nadie pregunta cómo hay que proceder, por ejemplo, para desencarnar una uña, evitar que el saco de la piyama se le encarame al pescuezo durante la noche o ahorrar algún dinero sin privarse de almorzar. Nada de eso. Las preguntas se relacionan invariablemente con los dos temas básicos primeramente citados arriba, confirmándose la creencia tan difundida de que en este mundo todo da vueltas en torno a las relaciones entre los sexos, hecho que por los demás vienen pregonándolo al mundo los franceses desde cuando nuestra madre Eva se paseaba por el paraíso, que eran los Campos Elíseos.
A las mujeres, según se desprende de la lectura de las misivas en referencia, no les interesa que les definan lo de la potestad marital, tal vez porque se imaginan con sobrada razón y merced a una intensa experiencia, que diga lo que siga el Código Civil a lo largo y ancho de su teórico articulado, ellas, como Augusto, son las de las galletas, y que la supuesta jefatura del hogar por parte del marido es algo tan irrisorio como la autoridad de los directivos doctrinarios frente a la que emana de San Juan de la Luz, o la del papanatas del Fancisco Santos en ña vice presidencia de Colombia.
Las consultas no versan tampoco sobre los derechos y responsabilidades conyugales en cuanto a administración de los bienes, sino a si puede perdonárdele al marido. verbigracia, que se presente a la casa al tiempo con el repartidor del pan, exhibiendo delatoras huellas rojas en el cuello de la camisa y despidiendo un abominable olor a «Aguardiente, tequila o «Chirrincho», fétido producto, este último que goza de acogida unánime por lados de la Plaza España. O si no está bien permitirle al novio ciertas libertades prematrimoniales, que por cierto poco tiempo después del casamiento pierden todo su excitante atractivo. Como rastrillar estratégicas cremalleras o dar pellizquitos.
Otras damitas inquieren acerca de si les irá bien o perramente casándose con un joven pretendiente que desde hace siete años se encuentra en el asfalto y anda recorriendo calles con un vestido viejo de su abuelo y los pies descalzos. Y las de más allá, si será correcto o mal visto pasar la Semana Santa en Miami con su jefe.
La tapa de todas las consultas,, sin embargo, es una que piensa formular dentro de poco tiempo una señora angustiada a causa se la respuesta que le diera su yerno cuando lo llamó para amonestarlo seriamente por los sufrimientos que le estaba proporcionando a su hija de ella con sus continuos aterrizajes de madrugada. «Pero, doña Rebeca -dizque manifestó este prototipo de frescos-, si yo me acuesto todas las noches tempranísimo. Otra cosa es que por no encontrar taxi, llegue tarde a casa».

Ver también:  Vestir a las niñas, una tarea no tan difícil de hacer hoy en día

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Adaptado de un artículo del escritor Alfonso Castillo Gómez.

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