La odisea de los buses urbanos

Ya que las empresas de buses salen victoriosas cuantas veces se trata de imponer a esos detestables vehículos alguna reglamentación aconsejable para mejorar las condiciones del tránsito urbano, no es mucho pedir que traten de rendir un servicio decente y acorde con el precio actual del pasaje.
En muchos buses, y especialmente a determinadas horas del día,el viaje constituye una experiencia demoledora, gracias a los altaneros modales de muchos de sus choferes, a la exagerada cantidad de pasajeros que se admite en cada recorrido, al desaseo de los carros y a la alergia, que nuestros conciudadanos profesan al aire puro, de tal manera que cuando 117 personas se congregan en apretujamiento insoportable, se desata naturalmente un embriagador aroma a curtiembre que a cualquiera deja bizco.
La última vez que nos servimos de un bus, había una muchacha que pugnaba por salir, alegando que se trataba según su propia expresión, «de cosa urgente». Un pasajero resolvió organizar el asunto y ordenó a otro de chaqueta clara que se corriera a la barra de atrás. Después a una señora gorda, que tomara el sitio del caballero aquel, y a un señor de gafas con melancólica expresión de contabilista reflejada en e rostro, que se sirviera sentarse por algunos segundos en las piernas de la obesa dama.
-«¡Hombre, dijo el de anteojos, por mi, encantado. si ella no se opone, vamos allá!»
Mientras tanto, el organizador de tan complicada movilización instaba a la muchacha a que ganara posiciones, aunque fuera pulgada por pulgada, cuando intervino el chofer para soltar un par de groserías que encendieron los cachetes de una matrona hasta ponérselos como dos enseñas comunistas.
Por fin, la señorita del caso consiguió dar un salto y caer al andén, dejando en el interior del bus su liguero y una prenda no identificada, mientras el amable director de la evacuación se liaba a pescozones con el conductor porque este le había ordenado callarse alegando ser la suprema autoridad en el vehículo, con poderes suficientes hasta para efectuar matrimonios si así lo deseare cualquier pareja que, no habiendo logrado apearse en el curso de un año, optara por fijar domicilio fijo en el coche.
Su contrincante, o sea el ciudadano que tan espontánea como noblemente había tomado a su cargo la empresa de facilitarle a la señorita de marras el modo de aligerar el intestino, repuso que él, el chofer, no era más que el máximo responsable de tan desastrosas irregularidades, amenazándole con tirarlo por la ventanilla para contar con un hueco más. Por fortuna, en esos momentos cuando todo el pasaje había entrado en trance de máximo suspenso, el bus chocó violentamente contra un taxi y se puso punto final al conflicto interno, ya que el piloto del bus tuvo que descender al asfalto para iniciar el correspondiente duelo de palabrotas y puños con su colega.

Alfonso Castillo Gómez

Un comentario en «La odisea de los buses urbanos»

  • el 3 de enero de 2007 a las 11:44 am
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    Que vaina tan divertida!!!

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